lunes, 30 de junio de 2014

Pérdidas sincrónicas

por Fátima GalBos

Hace tres años falleció una de las personas más importantes en mi vida. Mi abuela. Tuvimos una relación turbulenta, mucho más parecida a la de madre e hija, que a la de abuela y nieta. Una vez, varios años antes de su partida, me dijo, "no quiero que nadie llore en mi funeral". Cuando el día irremediablemente llegó, no lloré. Aullé. Grité. Morí, también, en algún sentido. Un mes después, el 27 de junio, murió un gran profesor de mi universidad. Jamás había conocido a alguien como él. Fue el primer maestro en decirme que mi escritura no bastaba, que había que pulirla, perfeccionarla, corregirla. Me retaba, todos los días. Me decía que debía ser mejor. Me impulsaba fuera de mi zona de comfort; me impedía caer en la mediocridad. También me permitía expresarme por completo en clase y fuera de la misma, incluso cuando era para retarlo, corregirlo. Era una persona que había trascendido el ego; no le importaban las superficialidades de la percepción humana, sino su misión como tutor, como maestro, como persona. Cada vez que escribo, pienso en él. En sus consejos y lecciones. Siempre recuerdo sus últimas palabras a mi: "Fátima, deberían existir más estudiantes como tú". Gran honor, que pensara eso de mí. Inmerecido, ¿quizás? No lo sé. No pretendo saberlo. Su partida fue abrupta, inesperada, lamentable. Dos años después, exactamente el mismo día, 27 de junio, murió mi madre biológica. Y un año después, el día de ayer, 29 de junio, murió mi tía abuela. A veces pienso que el universo tiene un sentido del humor perverso. No he experimentado otras pérdidas, en toda mi vida, más que estas cuatro que comento. El asunto me recuerda a una película que habla sobre las coincidencias, y que clama: éstas no existen. Quiero pensar que esto no es verdad. Que sí existen las coincidencias y que el azar matemático es el responsable de que sucedan. Pero me resulta imposible evadir los pensamientos inquisitivos y contenerme de levantar una ceja curiosa. Cada pérdida ha sido distinta y contrastante, pero todas son pérdidas, al fin y al cabo. Unas duelen más que otras. Ayer, mi dolor no era tanto mío, sino el dolor de mi abuelo. De verlo triste; de saber lo que representaba para él. No importa. Pérdidas son pérdidas. 

Hoy, revisando mis cuadernos, encontré algo que escribí justo después del funeral de mi profesor. Decido compartirlo. Seguramente, alguien se identificará con el sentimiento, con su esencia. Quizás, alguien más, allá fuera, se sienta perseguido por las coincidencias, por el azar, y por la inexplicable urgencia humana de encontrar sentido.

27 de junio de 2011

Me he acercado. Por fin, llegué hasta el féretro. Es la segunda vez en unos cuantos días. Soy fuerte, ¿qué no? La muerte me ha inyectado con la vacuna que es perder a un ser querido, por primera vez, y que prepara al cuerpo para subsecuentes pérdidas. ¿Querido? Amado, malentendido, peleado, perdonado...

¿Realmente estás ahí? ¿Eres tú, adentro de ese capullo abandonado? ¡Qué digo! Es usted...

Volteó y miro a mi alrededor. Observo de lejos lo que hace semanas viví, con la carne enrojecida, expuesta. La gente que llora caudales de lágrimas. Regreso la mirada al féretro y me doy cuenta de las gotas. Las malditas gotas sobre el vidrio; tan bellas, tan profundas. La suciedad más incólume; nadie se atrevería a limpiar aquella superficie cristalina y remover la máxima expresión del dolor. Aquel vidrio separa de manera concluyente e irrefutable la existencia de los vivos de la de los muertos (porque, invariablemente, existen). 

Recuerdo la rabia que me provocaba. Las ganas de arañar el vidrio con las uñas. Las ganas de escarbar desesperadamente hasta el fondo del ataúd, de tomar al fallecido y darle el soplo de la vida. De espantarle la muerte a sacudidas. 


Yo entiendo. Comprendo a los que, en lugar de llorar, berrean. Cuando yo lo hacía, sentía que nadie me entendía. Ahora comprendo que a los plañideros simplemente no se les puede entender. No realmente. 


Y, ¿qué pasa con los sueños, pensamientos y sentimientos?

¿A dónde van? ¿Dónde están?
¿Los puedes agarrar con las manos?
¿Los puedes jalar, cual hilos entretejidos de una tela desvanecida?
¿Te los puedes robar, correr con ellos, cual gato con ratón, con lagartija?

Corres, te los llevas, te los robas.

Te apresuras a entrelazar con ellos mil y un cadenas de plata. 
Porque quieres traer colgado sobre el pecho, cerca del corazón, lo que ya se ha ido.
Y yo... Yo los quiero guardar (a los difuntos) en un saquito. En una bolsa que al abrirla me aviente en la cara el aroma de la vida y no el de la muerte. Quizá, su esencia se transforma en tatuajes permanentes, que perforan el cerebro, lo queman, imprimiendo las verdaderas cicatrices del recuerdo. 

¿A dónde fue ella? ¿A dónde fue usted? Parece que muy lejos. O que están aquí. Susurrándome, hablándome, gritándome palabras que no dejo de escuchar...

jueves, 10 de abril de 2014

Un sueño


El maestro notó la ausencia de mi atención. Mi mirada ensoñadora le debió haber resultado evidente. Quizá por esto, demandó que defendiera la existencia de aquellas vidrieras dentro del salón de clases, cuando lo único que hacían, en su opinión, era distraer a los alumnos. Aún hipnotizada por el intenso y brillante fulgor del vidrio entintado de rojo y amarillo, que abofeteaba la vista humana con violencia, respondí que la experiencia creativa requería de estímulos externos y que, sin éstos, la inspiración raramente llegaría. El profesor pareció molesto con mi réplica; quizá porque había creído, en un principio, que yo no sabría cómo otorgarle una respuesta; o tal vez era, simplemente, su reacción ante el barullo que mis palabras habían desatado entre mis compañeros. De cualquier forma, sucumbí una vez más ante la incitación irisada de los vitrales, desviando mi mirada nuevamente, lejos del hombre. 

La clase terminó, y me levanté del pupitre corriendo, para asomarme por uno de los escasos cristales translúcidos y acromáticos, al otro extremo del cuarto. Algunos compañeros me imitaron. Vimos, entonces, a una parvada de pájaros que sobrevolaba los techos góticos del recinto. Parecían librar una batalla, allá, a lo lejos, bajo el lóbrego firmamento. De pronto, las aves se enfilaron coléricamente hacia la ventana, cual humareda enardecida. Nos hicimos a un lado en el momento preciso en que los enormes pájaros atravesaron el ventanal, despedazándolo. Al parecer, huían de algo, despavoridos. Cruzaron el salón y arremetieron contra otro vitral, haciéndolo añicos de la misma forma que con el anterior. Al otro lado del hueco en la ventana, se asomó un mar turbulento que se alzaba contra el cielo ennegrecido. 

El nivel del agua era tan alto, que se filtró por la ventana rota, inundando parte del recinto, al tiempo que la interminable parvada continuaba su escapada. Un par de aves aterrizaron sobre el agua, y entonces vimos que se trataba de hermosos cisnes. Las madres ayudaron a sus polluelos; los agruparon, los contaron; los empujaron con sus grandes picos, como pidiéndoles que aceleraran el paso. Pronto, el enemigo se hizo visible; resultó ser un grupo de cisnes machos, quienes enseguida picotearon a los indefensos polluelos, desplumándoles la cola, mientras que sus madres gritaban y sollozaban, impotentes, pero aguerridas. Aterrada, yo deseaba ayudar, pero algo me detenía. Finalmente, la parvada pasó, y los gemidos y aleteos fueron suavizados por la distancia. 

Justo cuando lográbamos sacar casi toda el agua del salón, una joven se acercó a mi. Mírala, me dijo, señalando una estatua de mármol blanco que describía las curvas entorpecidas de una mujer cuyos miembros se hallaban entrelazados con el cuerpo de una gigantesca boa. ¿Qué tiene?, le pregunté. Es como si hicieran el amor..., respondió la chica; ¿No te parece algo bizarro? Entonces, observé la estatua con detenimiento. No pude evitar sentir una provocación grotesca y, a la vez, exquisita. Permanecí callada, sin ofrecer réplica alguna. Ella esbozó una sonrisa cómplice y juguetona.


Fin

jueves, 2 de enero de 2014

Reflexiones sobre un "año viejo".



El año 2013 ha sido particularmente especial, complejo, diverso, difícil, hermoso, retador...
Quisiera plasmar algunos pensamientos al respecto, a manera de reflexión, debido al parte-aguas que ha representado para mi. En definitiva, siento que implica un "antes" y un "después" en mi vida. Es complicado resumir en palabras todo el proceso; todo el aprendizaje, cuestionamientos y emociones que implica. Pero haré el intento.

La motivación detrás de mis acciones fue puesta en tela de juicio, durante este año, al máximo. No por alguien externo, sino por mi propio criterio. Cuando una se halla comenzando el segundo cuarto de siglo, es posible ir arrastrando una gigantesca red de pesca, la cual se usado para atrapar aquello que nos nutre, pero que en el camino se ha enredado con cuantiosa basura. He criticado una y otra vez  a la gente prejuiciosa, sin reparar en el hecho de que no estoy exenta de prejuicios ni de ideas preconcebidas. Las voces internas, que antes hacían las veces de jueces implacables e incuestionables, se vieron fragmentadas, doblegadas... Unas murieron y otras mutaron. En mi búsqueda por ser auténtica, encontré que no todo lo que consideraba como parte inherente de mi personalidad, en realidad lo era.

Por segunda vez en mi vida, dije lo que pensaba y sentía sin importarme el "deber ser". Y tal como la primera vez, tuve que enfrentar las consecuencias de hacerlo. La zona de confort se llama así por una razón: nos mantiene en un estado de falsa seguridad, que supone una aparente paz con el entorno social, pero que compromete nuestros ideales, nuestras creencias... En fin, lo que "somos", en contraste con lo que - reiterando el principio del párrafo - "debemos ser". Y las repercusiones no son fáciles de sobrellevar. Por el contrario, exigen lidiar con sentimientos de culpa, distanciamientos, y demás situaciones dolorosas. Aún no sé si decir, "¡valió la pena!", porque mis acciones me llevaron a perder la oportunidad de despedirme, para siempre, de mi propia madre, quien si bien no me crío ni formó parte de mi vida, me brindó la misma. Perdí la oportunidad de arreglar las cosas; de mantener ese asfixio disfrazado de tranquilidad y amabilidad. Pero finalmente aprendí algo increíblemente importante: todas y cada una de las acciones conllevan una reacción, ineludible y raramente controlada. Y también aprendí que las decisiones tomadas deben ser enfrentadas con gran dignidad. Si existe la reflexión de que la decisión no es la correcta y se puede hacer algo al respecto, se debe hacer con prontitud, si no, es necesario hacer frente a las consecuencias. La auto victimización es inútil.

Este suceso, dolorosísimo, también proyectó una extraña luz en medio de la oscuridad, la cual reveló la verdadera esencia de los que me rodeaban. Fue increíblemente bizarro encontrarme con que aquellos que consideraba mis mejores amigos me dieron la espalda. Aunque debo decirlo: no todos. ¡Pero sí muchos! Algunos de los lazos más estrechos probaron ser inquebrantables: me acompañaron, ya sea física, emocional o mentalmente, durante mis horas de tinieblas. También recibí grandes sorpresas: aquellos con quienes había sido difícil la convivencia, o con quienes no compartía tanto, estuvieron ahí para darme un abrazo, palabras de aliento, o simplemente "estar" conmigo. Algunos no supieron qué hacer. Se vieron imposibilitados en lidiar con lo que me sucedía, demostrando así que cada quien tiene luchas internas inimaginables, que pueden hacer flaquear al más fuerte. Con el resto ni siquiera compartí lo sucedido, al considerarlos barcos muy lejanos en el horizonte. ¡Cuántos espejismos nublan nuestra percepción!

Este año, uno de mis seres más queridos enfermó de gravedad. A mucha gente le cuesta trabajo comprender que este ser no forma parte de la "raza" humana. Se le llama "mascota", pero creo que el término no comprende ni el cariño ni la lealtad que me brinda, ni el que yo siento por él. Yo supe que estaba enfermo mucho antes que los doctores, quienes insistían en que no había nada malo en él. Pero ese instinto materno que existe en los mamíferos no se limita a una misma especie: se extiende a todo aquello que vive, que respira, que ama. Me rehusé a rendirme. Luché hasta encontrar a un hombre formidable, el cual ha inspirado uno de los personajes de mi libro. Un veterinario que no vive para hacer dinero, ni que lucha por sus propios intereses. Se trata de un hombre que mantiene la curiosidad de un niño, la ética que todos los médicos y profesionistas deberían poseer, y principalmente: el respeto a la vida. De él he aprendido mucho y le estoy infinitamente agradecida.

Recuerdo aquella noche, en que pensé que todo se acabaría. Tenía en mis piernas a un diminuto bulto de carne y hueso (más hueso que carne), que a pesar de encontrarse moribundo abría los ojos y me miraba con un amor inmenso e incondicional. He vivido todos los días, desde entonces, luchando por su vida. Y no me arrepiento un ápice. Es el ser más agradecido que he conocido, y a la vez, el más desinteresado. He recibido innumerables críticas, miradas de incomprensión, y prejuicios. He escuchado los comentarios más dolorosos. Gente que me "aconsejó" que terminara su vida, de una buena vez. Personas que intentaban entregarme una guadaña que no les corresponde. ¡Que alguien se apiade de la humanidad, porque ésta aún carece de piedad! Hasta que los humanos dejen de verse a sí mismos con los ojos del ego y del orgullo, nuestra existencia será vacía y destructiva. Que nadie se queje de las desgracias que atañen a la humanidad, pues es ésta misma, la que las siembra y cosecha. No culpemos a Dios, ya que si nosotros mismos no podemos apreciar el valor de la vida, por más pequeña que ésta sea, ¿por qué debería alguien más valorar la nuestra? Tenemos mucho qué aprender; mucho, de las manifestaciones de la creación misma,  aquí en la tierra. De los animales, de la naturaleza, del universo, del gran milagro (y ciencia) que es la vida.

Pero las luchas que se pelean con el corazón, tienen su recompensa, y es mi inmensa alegría, ver a ese ser con vida, peleando su propia batalla, y haciéndolo con alegría. Es una felicidad que me inunda, y que no cabe en mi ser corpóreo.

En el transcurrir de los meses, también he aprendido a no comprometer mis ideales, en pro de no generar controversia. No es fácil. Vivimos en una sociedad de modas, de conveniencias, y de apariencias. Aún desconozco las repercusiones que conllevará defender mis ideas como escritora: son una aventura y un ciclo que están por comenzar. Pero es mi llamado. Es más grande que yo. Y si algo quiero aportar a este mundo es el cuestionamiento constante y la ruptura de paradigmas. No aportaré ideas absolutistas de la realidad, ni defenderé dogmas. Si logro que alguien, en algún rincón del mundo, cuestione su realidad y transforme su consciencia en una auto-consciencia más responsable y se aproxime hacia una visión más compleja y menos simplista del mundo, estaré muy agradecida. Lucharé por ello.

Cada vez me convenzo más de que los "finales felices" no son imposibles. Tan sólo se trata de un término erróneo para definir la felicidad. Y es que no hay finales. La felicidad se hace en el camino. El amor evoluciona. El problema de nuestra sociedad es catalogarlo, limitarlo; dejarlo estancar. Como el agua, se vuelve turbio. Pero si se deja fluir y se comprende que el objeto de nuestro amor no es, para nada, un objeto, sino un ser libre, éste crece y el amor deja de concebirse como un factor de posesión, y se convierte en un factor de devoción, y a la vez, de respeto. Hoy, a cinco años de haber iniciado la aventura del matrimonio, me siento más enamorada, más unida a mi esposo. Ignoro lo que depara el futuro, y es de lo más peligroso jactarse de haber hallado cualquier estado parecido a la perfección (es además, de lo más nefasto), pero se ha renovado mi fe en el amor, en el crecimiento personal, y en el trabajo en equipo. De los consejos que me han dado a través de los años, puedo decir que ninguno funciona, porque todos somos distintos. Cada uno vive las aventuras que elige, y cada uno puede crecer o no, ganar y perder, en el proceso. Pero en este tema en particular, puedo afirmar: ¡vale la pena intentarlo!

También me ha entristecido ver lo mucho que nos divide como personas, como amigos, familiares, ciudadanos, como seres. A veces, no sabemos lidiar con los malentendidos, con las personalidades contrastadas; con los resentimientos del pasado; con los problemas de comunicación; con nuestra propia vulnerabilidad; con los límites personales; con aquello que nos diferencia. Pero también he aprendido a respetar el viaje de cada persona. Cada quien vive una realidad diferente, y nadie sabe lo que sucede realmente en cabeza ajena. Ojalá aprendamos a superar nuestras distinciones, y en la medida de lo posible, aspiremos a ser mejores, sin menospreciar el camino de los demás. Todos somos imperfectos, pero perfectibles. Comparto aquella oración budista, infinitamente sabia: "¡Que todos los seres vivan en la gran ecuanimidad, libre del apego y la aversión que mantienen a algunos cercanos y a otros distantes!".

Me ha sido duro reconocer que aquello de lo que siempre me consideré víctima, fue, en realidad, resultado de mis propias acciones (en combinación, por supuesto, de acciones externas, y de variables como la temporalidad, la sincronía, etc.). Es extremadamente sencillo simplificar las situaciones que vivimos y culpar a fuerzas exteriores. Pero hoy reconozco que, así como me han lastimado en la vida, yo también he sido capaz de lastimar, consciente e inconscientemente. Cuando pensamos que somos incapaces de hacer daño, esto representa, me parece, una baja autoestima disfrazada de complejo de superioridad. Pensamos que somos mejores, pero -secretamente- creemos que somos insignificantes y que nuestras acciones pasan desapercibidas, porque nosotros mismos no las valoramos. Al menos, así ha sido mi experiencia. A veces, he actuado con buena voluntad, pero he lastimado sin saber que dicha voluntad estaba ligada a mi propio ego. Lo que es bueno para mi, no precisamente lo es para alguien más.

Finalmente, he aprendido a ser más alegre. Me resulta humorístico el grado de descontrol que tengo sobre mi vida. ¡Hay tantas cosas que no dependen de mi! Y eso está bien. Quiero disfrutar más de lo que sucede a mi alrededor, incluso cuando mis planes no salen como pienso que deberían. ¡Es difícil cuando se es neurótica y obsesiva! (jaja), pero hay que "echarle ganas". La vida es, la mayoría del tiempo, bella y divertida, si se le quiere ver de esta manera. Cuando miro al pasado con nostalgia, me parece curioso darme cuenta de que los momentos que recuerdo con más dicha son instantes que no tenía idea que algún día extrañaría. Son cosas muy sencillas: sonidos que nos rodean, caras que nos acompañan; compartir un helado o un café con alguien; mirar un programa de televisión o viajar en coche con una persona, aunque no se intercambien muchas palabras. Por eso, cada vez que me siento cómoda con algo, cualquier cosa que puede parecer incluso rutinaria, trato de atesorarla y agradecerla, porque sé que no será para siempre.

Y muy importante: he aprendido que cuando alguien me pide que cante, que toque el violín, que dibuje o pinte algo, que le cocine algo... ¡hay que hacerlo! Uno nunca sabe cuándo será la última vez, y esto puede ser causa de gran arrepentimiento. Ahora comprendo que los talentos sirven para dar alegría, para unir a las personas, para inspirar, más que para la satisfacción personal.

No tengo mas que un propósito, y es el de cada día: aprender. No tengo todas las respuestas a mis preguntas, y no soy mejor que mi vecino, que mi prójimo. Aquí estoy, y estamos todos: aprendamos juntos.

domingo, 20 de enero de 2013

Gotas de Idea


Es extraña la mente humana. Aunque esto sólo puede ser considerado bajo parámetros humanos. Mi mente es extraña para mi misma; aunque no sé si le resultase bizarra a otra criatura, viva…o no. Pensamientos arbitrarios cruzan mi mente. De todos, quiero hacer una historia; transformarlos. Agarrar un hilo y otro, y de la gran madeja, hilar algo congruente. Nunca dejo de pensar. No puedo. Es una obsesión. Pienso en la ducha; en el baño, en la cocina, en el auto, en las conversaciones, en los cafés, en el trabajo, en las películas, en las reuniones familiares, en las fiestas, en las escaleras, en los viajes…en sueños. 

Y esto no es una forma de autocomplacencia. No es una patética excusa para jactarme de lo pensadora que soy. Al contrario. Pienso porque no comprendo. La confusión, la incomprensión y la curiosidad me llevan a pensar…y pensar, y pensar. Me ocupo y me preocupo. Y, de alguna manera, me “post-ocupo”. A veces tengo el temor irracional de que todos esos pensamientos pasan, intrascendentes. Viven y mueren solitarios. But then again, so do we… 

A menos de que exista un mundo de la ideas, como decía Platón. Quizás, allá viven. En algún lugar, más allá de mi cabeza. Porque, ¡qué lugar tan abarrotado es mi cabeza! No creo que tengan mucho espacio allí dentro. Ahí, donde conversaciones enteras ocurren; las voces de los personajes de la infancia, del temor, del deseo, de la esperanza, del cinismo, de la ingenuidad, de la imaginación, de todas y cada una de esas estrellas en el firmamento de la mente. 

Ahora que lo pienso, la mente humana es muy parecida a la bóveda celeste de una ciudad iluminada. Son escasas las estrellas que podemos atisbar. Son contadas las constelaciones que podemos apreciar, y más aún, comprender. Y en la oscuridad, opacadas por una luz artificial, quedan todos los demás cuerpos cósmicos. Tan incompleto es nuestro conocimiento sobre las “cosas”, la “realidad”, el mundo, el conocimiento en sí, y por supuesto, nosotros mismos. 

Son sólo algunos los que se aventuran a tomar un telescopio e intentar ver más allá. Pero los pensamientos que estos valientes seres pueden llegar a tener, son tan frágiles, intangibles e inmateriales, que pueden irse, tan rápido como los impulsos eléctricos que los generaron. Algunos quedan en palabras habladas, o en papel, o piedra – o en un archivo digital. Mas, ¿qué es lo que queda ahí? ¿A qué porcentaje equivalen, de la idea principal? Nuestro lenguaje escrito es quizás incapaz de transmitir todo lo que representa un pensamiento, una idea. 

¡Cuánto se pierde en el proceso del lenguaje! Todo, y nada, a la vez. Porque de alguna manera el pensamiento vive, existe, en esos símbolos fonéticos llamados letras. Pero su existencia queda irremediablemente parcial, quebrada, fragmentada… incompleta. Entonces, pienso que las ideas sí deben existir en algún “lugar”… Porque se parecen enormemente a los humanos. Y nosotros existimos… ¿Cierto?

lunes, 18 de junio de 2012

El mundo perfecto

No escribo poesía...sólo pensamientos que se vomitan en papel...


El mundo perfecto


Existe un mundo perfecto
Existe en mi corazón
Allá arriba en los vientos del alma
Allá donde soplan reguiletes de color

Alzo la mano y lo toco
Apenas con las yemas de mis dedos
Es un vapor mistificado
Es una espiral incierta
Acaricia mis pensamientos
Los alienta a salir del cráneo
Los incita a escapar de ahí

¿Qué es el presente?
¿Qué es la realidad?
Cuando la mente viaja libre
Y el cuerpo se pudre lentamente

Existe un mundo perfecto
Donde llorar es bueno
Las lágrimas brotan pesadas
Para crear ríos rosados

Existe un mundo perfecto
Donde reír es bueno
La risa vibra poderosa
Para expandir estrellas hermosas

Existe un mundo perfecto
Donde bailar es bueno
Es mejor que caminar
Avienta soplidos de color

Existe un mundo perfecto
Donde volar es bueno
Es mejor que arrastrar
Las penas sobre la espalda

Vive un mundo perfecto
Vive dentro de mi
Pero vivo yo en uno imperfecto
Más que eso: impertérrito
Que no se conmueve, sin alma

Es un mundo insensible
Se ríe pero de nada
No llora pero hace llorar
No vive y no deja vivir
Ansía nada y a la vez todo

Es un mundo irascible
Que viola
Que mata
Que sangra
Que se escuda en el azar

Yo vivo y a la vez no vivo
Porque nunca he vivido aquí
Me dicen que estoy mal
Que mi realidad no quiero ver

Es mi realidad la que no conocen
Es mi realidad la que no entienden
Es imaginación la que carecen
Son alas que les cortaron

Existe un mundo perfecto
Lástima que no se pueda ver
Mi alma lo conoció mucho antes
Que el mundo que me vio nacer

sábado, 31 de marzo de 2012

Soy mujer...porque...¿?

Cuando algunos ven a nuestra época como apocalíptica o decadente, yo la veo como una era de transición. Y si tienes una visión cíclica del tiempo, eso es lo que un final significa: el comienzo de algo más. La humanidad ha perpetuado, a lo largo de muchos siglos, algunas actitudes hacia la vida que no podemos pretender borrar o cambiar en unas cuantas décadas. Y toda actitud tiene su razón de ser, casi siempre práctica. Incluso los malos hábitos nacen de alguna necesidad buscando ser satisfecha, o de un problema buscando ser resuelto. Por supuesto, no se puede esperar que una solución pruebe ser definitiva a través del tiempo: lo único constante es el cambio.

Últimamente, me viene mucho a la cabeza el tema del rol de las mujeres; algo que a veces, y en algunos contextos, puede llegar a ser tabú. Las opiniones al respecto parecen estar completamente extrapoladas: se está en el blanco o en el negro, y no hay áreas grises (o no se les admite, aunque sí existan en la vida diaria). Y pienso en ello, obviamente, porque soy mujer y porque los papeles que la sociedad me quiere imponer son muy diversos, y la mayoría de las veces, contradictorios. Lo sé, hablo de la sociedad como un ente homogéneo, pero espero se entienda lo que quiero decir: que mi uso de la palabra sociedad comprende una gama de grupos, individuos, medios de comunicación, tendencias, actitudes, suposiciones, mensajes masivos, etc.

Y tengo que decir algo (a riesgo de sonar necia, ingenua, pretenciosa o sabelotodo): No concuerdo con ningún punto de vista y el tema en general me parece irremediablemente inconcluso, complejo y profundamente arraigado al contexto. ¿Qué es ser mujer? La discusión de los géneros es cada vez más difícil de abordar, ya que la biología no prueba ser para nada determinante. Me voy a poner más coloquial y específica: la sociedad contemporánea y occidental (parece que) quiere que seamos santas, vírgenes, prostitutas, empresarias, madres abnegadas, fierezas, femeninas, masculinas, excelentes deportistas, artistas natas, talentosas cocineras, que seamos ejemplos de virtud, pero que ingiramos alcohol y fumemos cigarrillos en enormes proporciones; que seamos sensibles, pero que por favor no lloremos; que nos casemos de blanco y en la Iglesia, pero que seamos liberales y que no nos casemos porque eso es signo de debilidad, sometimiento y docilidad; que amemos a los hombres, pero que a la vez los tratemos con superioridad y que bajo ninguna circunstancia los necesitemos; que seamos femeninas, pero no demasiado; que tengamos cuerpos perfectos y esculturales, pero que no sean resultado de operaciones porque eso repugnante; que seamos inteligentes e intelectuales, pero que por favor seamos sexy al mismo tiempo…En fin, se entiende la idea, ¿no?

No puedo contar las veces que me he encontrado comentarios apasionados en las redes sociales, en programas de televisión, películas, conversaciones con otras mujeres y diversos medios, sobre lo que las mujeres somos y debemos hacer. He conocido mujeres – que se hacen llamar feministas – cuyo objetivo pareciera borrar cualquier rasgo de igualdad entre géneros, ya que su meta en la vida es demostrar lo mejores que son en comparación a los hombres, cómo podrían regir el mundo sin la necesidad de su existencia (a menos que sea para fines reproductivos, y tal pareciera que buscan la manera de prescindir de ellos incluso para ello), y cómo son seres superiores, sin defectos, perfectos en toda la extensión de la palabra. También he conocido mujeres que rechazan a éstas primeras mujeres (y hasta hacen cara de asco, literalmente, al hablar de ellas), porque las consideran desnaturalizadas, incongruentes, masculinas, soberbias y completamente adversas a todo lo considerado femenino. Son mujeres que hablan de la realización de la mujer a través de la experiencia milagrosa y sagrada de ser hija de alguien, hermana de alguien, esposa de alguien, y por supuesto, madre de alguien. Y ésta última experiencia es particularmente delicada para ellas: es la epítome de la femineidad, no existe algo en la tierra que pueda comparársele, es sublime, y ninguna mujer es feliz sin experimentarlo (cabe mencionar que bajo sus ojos, tampoco existe otra madre más perfecta o entregada que ellas mismas).

Lo que es horrible es ver cómo se lanzan insinuaciones, unas a otras, sobre quien es mejor y más…fregona. Y sí, tal vez suena a exageración mía, a una percepción muy polarizada…pero ese es el tipo de cosas que he visto, oído, leído, y experimentado en carne propia. Puedo hablar de mí misma. Cuando no tenía novio, era una perdedora (quizá lesbiana) que no tenía remedio. Cuando tuve novio, me preguntaban que para cuando la boda. Cuando me casé, me inventaron un chamaco (y cuando eso ya no era excusa, entonces era un deseo irremediable por huir de casa). Ahora, es urgente que tenga bebés (porque si no, me pasarán cosas horribles en el parto), pero es urgente que pronto me haga directora de una empresa transnacional o descubra la cura para el cáncer, porque si no entonces sería sólo una mantenida, falta de carácter y mujer irrealizada. Y si me visto de minifalda, soy una p… Y si me visto de pants, soy una fachosa; si me visto de falda larga, seguro mi marido es un celoso; si traigo escote a las señoras se les salen los ojos de la impresión; si ando tapadita, mis amigas me ven como una amansada. ¡No hay cómo darle gusto a nadie!

Y es que…¡No deberíamos querer darle gusto a nadie! Simplemente no creo que tener un hijo me haga más mujer. Ser mujer no significa “atender” a mi marido (palabra favorita de las mamás, suegras y abuelas), pero tampoco soy más mujer si lo hago sentir menos que yo, o compito todos los días por demostrarle que soy mejor. La igualdad implica que somos iguales (cosa que no somos, afortunadamente, si no, ¡qué aburrida sería la vida!), es decir, que nadie es más valioso, más humano, más inteligente, más hermoso o mejor que el otro, simplemente por pertenecer a un determinado género. No soy mujer por ser una experta en la cama, ni por ser una virgen que generaciones pasadas podrían haber ofrecido en sacrificio. ¿Cuál es la necesidad (y necedad) de etiquetar, simplificar, reducir y resumir a las personas? ¿De asignarles género, cultura, clase social, nacionalidad, raza, etc.? Más que mujer soy un individuo y tengo la certeza de que soy valiosa simplemente a causa de ser. Y no puedo criticar a otra mujer, basándome en el modo en que eligió abordar la vida. Lo que sí es cuestionable es lo que no es auténtico: las decisiones que se toman por conveniencia, por miedo, por odio, por orgullo, por indiferencia, por soberbia, y por cualquier otro motivo o sentimiento negativo, y eso se puede decir de cualquier ser humano.

Pero si una mujer siente la vocación de hacer (o ser) algo, entonces debería ser respetado y celebrado. Si una mujer se siente llamada a ejercer una profesión y entregarse a ella; si una mujer tiene el deseo de ser madre y ser el apoyo, base y guía de una familia; si una mujer decide enfocarse en el mundo espiritual o en la religiosidad; si una mujer quiere ser todas e integrar diversos aspectos de la vida, que la enriquezcan en todas las áreas… Esas, y muchas otras situaciones que no alcanzo a mencionar, me parecen igual de válidas, valientes y necesarias para un mundo diverso, divertido, creativo, inspirador y multifacético.

Bueno, sin afán de terminar esto a manera de discurso motivacional barato, sólo diré que el tema sobre los roles de género es muy complejo y debatible. Definitivamente, la preservación de la especie humana dictaba, en un principio, que hombres y mujeres se dividieran las tareas, talentos y conocimientos. Esa base esencial impulsó el desarrollo de lo que hoy consideramos femenino o masculino. Nuestra realidad superpoblada, multicultural, científica, teológica, tecnológica y globalizada, hace que los bordes limítrofes entre las palabras “hombre” y “mujer” se desvanezcan, se difuminen y converjan en algunos puntos. Me parece una tarea inútil remarcar las palabras, ponerles color, e intentar definirlas en un contexto determinante, concluso y absoluto. Es parte de una serie de etiquetas, las cuales me gustaría abordar en otra ocasión, pero que son bastas y prácticamente innumerables.

Porque, siendo sincera, si un hombre se hace la pregunta de qué lo hace ser hombre en la actualidad, se encuentra en los mismos problemas, incertidumbres, paradigmas y prejuicios que una mujer…

lunes, 12 de diciembre de 2011

Las dos torres



Son altos edificios que se tambalean,
En los que mis pesadillas refugio encuentran.
Largos pasillos cargados de espejos,
Cristales amargos que no generan reflejo.
El metal tiritante que lleva hacia el fondo,
Provee esperanza, parece algo roto;
Que baja en jirones de viento en escombros.

Más ellos se erigen cual torres atadas
A una tablero invisible de piezas mundanas.
Gigantes rompen los vientos del este;
Imponentes conceptos que perturban la mente.
La huída es sencilla hasta que se imprime
En los pies la gran huella a cuadros. Decidme,

¿La espada se forja sobre metal oxidado?
¿El guerrero entre sombras es olvidado?
¿Sombras de torres, de monstruosos reinados?
Y así un suspiro del caballero que pierde,
Pues torres son torres que nada sienten;
Que proyectan oscuridad sobre el corazón herido
Sin palabras dejan al rebelde abatido.