jueves, 2 de enero de 2014

Reflexiones sobre un "año viejo".



El año 2013 ha sido particularmente especial, complejo, diverso, difícil, hermoso, retador...
Quisiera plasmar algunos pensamientos al respecto, a manera de reflexión, debido al parte-aguas que ha representado para mi. En definitiva, siento que implica un "antes" y un "después" en mi vida. Es complicado resumir en palabras todo el proceso; todo el aprendizaje, cuestionamientos y emociones que implica. Pero haré el intento.

La motivación detrás de mis acciones fue puesta en tela de juicio, durante este año, al máximo. No por alguien externo, sino por mi propio criterio. Cuando una se halla comenzando el segundo cuarto de siglo, es posible ir arrastrando una gigantesca red de pesca, la cual se usado para atrapar aquello que nos nutre, pero que en el camino se ha enredado con cuantiosa basura. He criticado una y otra vez  a la gente prejuiciosa, sin reparar en el hecho de que no estoy exenta de prejuicios ni de ideas preconcebidas. Las voces internas, que antes hacían las veces de jueces implacables e incuestionables, se vieron fragmentadas, doblegadas... Unas murieron y otras mutaron. En mi búsqueda por ser auténtica, encontré que no todo lo que consideraba como parte inherente de mi personalidad, en realidad lo era.

Por segunda vez en mi vida, dije lo que pensaba y sentía sin importarme el "deber ser". Y tal como la primera vez, tuve que enfrentar las consecuencias de hacerlo. La zona de confort se llama así por una razón: nos mantiene en un estado de falsa seguridad, que supone una aparente paz con el entorno social, pero que compromete nuestros ideales, nuestras creencias... En fin, lo que "somos", en contraste con lo que - reiterando el principio del párrafo - "debemos ser". Y las repercusiones no son fáciles de sobrellevar. Por el contrario, exigen lidiar con sentimientos de culpa, distanciamientos, y demás situaciones dolorosas. Aún no sé si decir, "¡valió la pena!", porque mis acciones me llevaron a perder la oportunidad de despedirme, para siempre, de mi propia madre, quien si bien no me crío ni formó parte de mi vida, me brindó la misma. Perdí la oportunidad de arreglar las cosas; de mantener ese asfixio disfrazado de tranquilidad y amabilidad. Pero finalmente aprendí algo increíblemente importante: todas y cada una de las acciones conllevan una reacción, ineludible y raramente controlada. Y también aprendí que las decisiones tomadas deben ser enfrentadas con gran dignidad. Si existe la reflexión de que la decisión no es la correcta y se puede hacer algo al respecto, se debe hacer con prontitud, si no, es necesario hacer frente a las consecuencias. La auto victimización es inútil.

Este suceso, dolorosísimo, también proyectó una extraña luz en medio de la oscuridad, la cual reveló la verdadera esencia de los que me rodeaban. Fue increíblemente bizarro encontrarme con que aquellos que consideraba mis mejores amigos me dieron la espalda. Aunque debo decirlo: no todos. ¡Pero sí muchos! Algunos de los lazos más estrechos probaron ser inquebrantables: me acompañaron, ya sea física, emocional o mentalmente, durante mis horas de tinieblas. También recibí grandes sorpresas: aquellos con quienes había sido difícil la convivencia, o con quienes no compartía tanto, estuvieron ahí para darme un abrazo, palabras de aliento, o simplemente "estar" conmigo. Algunos no supieron qué hacer. Se vieron imposibilitados en lidiar con lo que me sucedía, demostrando así que cada quien tiene luchas internas inimaginables, que pueden hacer flaquear al más fuerte. Con el resto ni siquiera compartí lo sucedido, al considerarlos barcos muy lejanos en el horizonte. ¡Cuántos espejismos nublan nuestra percepción!

Este año, uno de mis seres más queridos enfermó de gravedad. A mucha gente le cuesta trabajo comprender que este ser no forma parte de la "raza" humana. Se le llama "mascota", pero creo que el término no comprende ni el cariño ni la lealtad que me brinda, ni el que yo siento por él. Yo supe que estaba enfermo mucho antes que los doctores, quienes insistían en que no había nada malo en él. Pero ese instinto materno que existe en los mamíferos no se limita a una misma especie: se extiende a todo aquello que vive, que respira, que ama. Me rehusé a rendirme. Luché hasta encontrar a un hombre formidable, el cual ha inspirado uno de los personajes de mi libro. Un veterinario que no vive para hacer dinero, ni que lucha por sus propios intereses. Se trata de un hombre que mantiene la curiosidad de un niño, la ética que todos los médicos y profesionistas deberían poseer, y principalmente: el respeto a la vida. De él he aprendido mucho y le estoy infinitamente agradecida.

Recuerdo aquella noche, en que pensé que todo se acabaría. Tenía en mis piernas a un diminuto bulto de carne y hueso (más hueso que carne), que a pesar de encontrarse moribundo abría los ojos y me miraba con un amor inmenso e incondicional. He vivido todos los días, desde entonces, luchando por su vida. Y no me arrepiento un ápice. Es el ser más agradecido que he conocido, y a la vez, el más desinteresado. He recibido innumerables críticas, miradas de incomprensión, y prejuicios. He escuchado los comentarios más dolorosos. Gente que me "aconsejó" que terminara su vida, de una buena vez. Personas que intentaban entregarme una guadaña que no les corresponde. ¡Que alguien se apiade de la humanidad, porque ésta aún carece de piedad! Hasta que los humanos dejen de verse a sí mismos con los ojos del ego y del orgullo, nuestra existencia será vacía y destructiva. Que nadie se queje de las desgracias que atañen a la humanidad, pues es ésta misma, la que las siembra y cosecha. No culpemos a Dios, ya que si nosotros mismos no podemos apreciar el valor de la vida, por más pequeña que ésta sea, ¿por qué debería alguien más valorar la nuestra? Tenemos mucho qué aprender; mucho, de las manifestaciones de la creación misma,  aquí en la tierra. De los animales, de la naturaleza, del universo, del gran milagro (y ciencia) que es la vida.

Pero las luchas que se pelean con el corazón, tienen su recompensa, y es mi inmensa alegría, ver a ese ser con vida, peleando su propia batalla, y haciéndolo con alegría. Es una felicidad que me inunda, y que no cabe en mi ser corpóreo.

En el transcurrir de los meses, también he aprendido a no comprometer mis ideales, en pro de no generar controversia. No es fácil. Vivimos en una sociedad de modas, de conveniencias, y de apariencias. Aún desconozco las repercusiones que conllevará defender mis ideas como escritora: son una aventura y un ciclo que están por comenzar. Pero es mi llamado. Es más grande que yo. Y si algo quiero aportar a este mundo es el cuestionamiento constante y la ruptura de paradigmas. No aportaré ideas absolutistas de la realidad, ni defenderé dogmas. Si logro que alguien, en algún rincón del mundo, cuestione su realidad y transforme su consciencia en una auto-consciencia más responsable y se aproxime hacia una visión más compleja y menos simplista del mundo, estaré muy agradecida. Lucharé por ello.

Cada vez me convenzo más de que los "finales felices" no son imposibles. Tan sólo se trata de un término erróneo para definir la felicidad. Y es que no hay finales. La felicidad se hace en el camino. El amor evoluciona. El problema de nuestra sociedad es catalogarlo, limitarlo; dejarlo estancar. Como el agua, se vuelve turbio. Pero si se deja fluir y se comprende que el objeto de nuestro amor no es, para nada, un objeto, sino un ser libre, éste crece y el amor deja de concebirse como un factor de posesión, y se convierte en un factor de devoción, y a la vez, de respeto. Hoy, a cinco años de haber iniciado la aventura del matrimonio, me siento más enamorada, más unida a mi esposo. Ignoro lo que depara el futuro, y es de lo más peligroso jactarse de haber hallado cualquier estado parecido a la perfección (es además, de lo más nefasto), pero se ha renovado mi fe en el amor, en el crecimiento personal, y en el trabajo en equipo. De los consejos que me han dado a través de los años, puedo decir que ninguno funciona, porque todos somos distintos. Cada uno vive las aventuras que elige, y cada uno puede crecer o no, ganar y perder, en el proceso. Pero en este tema en particular, puedo afirmar: ¡vale la pena intentarlo!

También me ha entristecido ver lo mucho que nos divide como personas, como amigos, familiares, ciudadanos, como seres. A veces, no sabemos lidiar con los malentendidos, con las personalidades contrastadas; con los resentimientos del pasado; con los problemas de comunicación; con nuestra propia vulnerabilidad; con los límites personales; con aquello que nos diferencia. Pero también he aprendido a respetar el viaje de cada persona. Cada quien vive una realidad diferente, y nadie sabe lo que sucede realmente en cabeza ajena. Ojalá aprendamos a superar nuestras distinciones, y en la medida de lo posible, aspiremos a ser mejores, sin menospreciar el camino de los demás. Todos somos imperfectos, pero perfectibles. Comparto aquella oración budista, infinitamente sabia: "¡Que todos los seres vivan en la gran ecuanimidad, libre del apego y la aversión que mantienen a algunos cercanos y a otros distantes!".

Me ha sido duro reconocer que aquello de lo que siempre me consideré víctima, fue, en realidad, resultado de mis propias acciones (en combinación, por supuesto, de acciones externas, y de variables como la temporalidad, la sincronía, etc.). Es extremadamente sencillo simplificar las situaciones que vivimos y culpar a fuerzas exteriores. Pero hoy reconozco que, así como me han lastimado en la vida, yo también he sido capaz de lastimar, consciente e inconscientemente. Cuando pensamos que somos incapaces de hacer daño, esto representa, me parece, una baja autoestima disfrazada de complejo de superioridad. Pensamos que somos mejores, pero -secretamente- creemos que somos insignificantes y que nuestras acciones pasan desapercibidas, porque nosotros mismos no las valoramos. Al menos, así ha sido mi experiencia. A veces, he actuado con buena voluntad, pero he lastimado sin saber que dicha voluntad estaba ligada a mi propio ego. Lo que es bueno para mi, no precisamente lo es para alguien más.

Finalmente, he aprendido a ser más alegre. Me resulta humorístico el grado de descontrol que tengo sobre mi vida. ¡Hay tantas cosas que no dependen de mi! Y eso está bien. Quiero disfrutar más de lo que sucede a mi alrededor, incluso cuando mis planes no salen como pienso que deberían. ¡Es difícil cuando se es neurótica y obsesiva! (jaja), pero hay que "echarle ganas". La vida es, la mayoría del tiempo, bella y divertida, si se le quiere ver de esta manera. Cuando miro al pasado con nostalgia, me parece curioso darme cuenta de que los momentos que recuerdo con más dicha son instantes que no tenía idea que algún día extrañaría. Son cosas muy sencillas: sonidos que nos rodean, caras que nos acompañan; compartir un helado o un café con alguien; mirar un programa de televisión o viajar en coche con una persona, aunque no se intercambien muchas palabras. Por eso, cada vez que me siento cómoda con algo, cualquier cosa que puede parecer incluso rutinaria, trato de atesorarla y agradecerla, porque sé que no será para siempre.

Y muy importante: he aprendido que cuando alguien me pide que cante, que toque el violín, que dibuje o pinte algo, que le cocine algo... ¡hay que hacerlo! Uno nunca sabe cuándo será la última vez, y esto puede ser causa de gran arrepentimiento. Ahora comprendo que los talentos sirven para dar alegría, para unir a las personas, para inspirar, más que para la satisfacción personal.

No tengo mas que un propósito, y es el de cada día: aprender. No tengo todas las respuestas a mis preguntas, y no soy mejor que mi vecino, que mi prójimo. Aquí estoy, y estamos todos: aprendamos juntos.

domingo, 20 de enero de 2013

Gotas de Idea


Es extraña la mente humana. Aunque esto sólo puede ser considerado bajo parámetros humanos. Mi mente es extraña para mi misma; aunque no sé si le resultase bizarra a otra criatura, viva…o no. Pensamientos arbitrarios cruzan mi mente. De todos, quiero hacer una historia; transformarlos. Agarrar un hilo y otro, y de la gran madeja, hilar algo congruente. Nunca dejo de pensar. No puedo. Es una obsesión. Pienso en la ducha; en el baño, en la cocina, en el auto, en las conversaciones, en los cafés, en el trabajo, en las películas, en las reuniones familiares, en las fiestas, en las escaleras, en los viajes…en sueños. 

Y esto no es una forma de autocomplacencia. No es una patética excusa para jactarme de lo pensadora que soy. Al contrario. Pienso porque no comprendo. La confusión, la incomprensión y la curiosidad me llevan a pensar…y pensar, y pensar. Me ocupo y me preocupo. Y, de alguna manera, me “post-ocupo”. A veces tengo el temor irracional de que todos esos pensamientos pasan, intrascendentes. Viven y mueren solitarios. But then again, so do we… 

A menos de que exista un mundo de la ideas, como decía Platón. Quizás, allá viven. En algún lugar, más allá de mi cabeza. Porque, ¡qué lugar tan abarrotado es mi cabeza! No creo que tengan mucho espacio allí dentro. Ahí, donde conversaciones enteras ocurren; las voces de los personajes de la infancia, del temor, del deseo, de la esperanza, del cinismo, de la ingenuidad, de la imaginación, de todas y cada una de esas estrellas en el firmamento de la mente. 

Ahora que lo pienso, la mente humana es muy parecida a la bóveda celeste de una ciudad iluminada. Son escasas las estrellas que podemos atisbar. Son contadas las constelaciones que podemos apreciar, y más aún, comprender. Y en la oscuridad, opacadas por una luz artificial, quedan todos los demás cuerpos cósmicos. Tan incompleto es nuestro conocimiento sobre las “cosas”, la “realidad”, el mundo, el conocimiento en sí, y por supuesto, nosotros mismos. 

Son sólo algunos los que se aventuran a tomar un telescopio e intentar ver más allá. Pero los pensamientos que estos valientes seres pueden llegar a tener, son tan frágiles, intangibles e inmateriales, que pueden irse, tan rápido como los impulsos eléctricos que los generaron. Algunos quedan en palabras habladas, o en papel, o piedra – o en un archivo digital. Mas, ¿qué es lo que queda ahí? ¿A qué porcentaje equivalen, de la idea principal? Nuestro lenguaje escrito es quizás incapaz de transmitir todo lo que representa un pensamiento, una idea. 

¡Cuánto se pierde en el proceso del lenguaje! Todo, y nada, a la vez. Porque de alguna manera el pensamiento vive, existe, en esos símbolos fonéticos llamados letras. Pero su existencia queda irremediablemente parcial, quebrada, fragmentada… incompleta. Entonces, pienso que las ideas sí deben existir en algún “lugar”… Porque se parecen enormemente a los humanos. Y nosotros existimos… ¿Cierto?

lunes, 18 de junio de 2012

El mundo perfecto

No escribo poesía...sólo pensamientos que se vomitan en papel...


El mundo perfecto


Existe un mundo perfecto
Existe en mi corazón
Allá arriba en los vientos del alma
Allá donde soplan reguiletes de color

Alzo la mano y lo toco
Apenas con las yemas de mis dedos
Es un vapor mistificado
Es una espiral incierta
Acaricia mis pensamientos
Los alienta a salir del cráneo
Los incita a escapar de ahí

¿Qué es el presente?
¿Qué es la realidad?
Cuando la mente viaja libre
Y el cuerpo se pudre lentamente

Existe un mundo perfecto
Donde llorar es bueno
Las lágrimas brotan pesadas
Para crear ríos rosados

Existe un mundo perfecto
Donde reír es bueno
La risa vibra poderosa
Para expandir estrellas hermosas

Existe un mundo perfecto
Donde bailar es bueno
Es mejor que caminar
Avienta soplidos de color

Existe un mundo perfecto
Donde volar es bueno
Es mejor que arrastrar
Las penas sobre la espalda

Vive un mundo perfecto
Vive dentro de mi
Pero vivo yo en uno imperfecto
Más que eso: impertérrito
Que no se conmueve, sin alma

Es un mundo insensible
Se ríe pero de nada
No llora pero hace llorar
No vive y no deja vivir
Ansía nada y a la vez todo

Es un mundo irascible
Que viola
Que mata
Que sangra
Que se escuda en el azar

Yo vivo y a la vez no vivo
Porque nunca he vivido aquí
Me dicen que estoy mal
Que mi realidad no quiero ver

Es mi realidad la que no conocen
Es mi realidad la que no entienden
Es imaginación la que carecen
Son alas que les cortaron

Existe un mundo perfecto
Lástima que no se pueda ver
Mi alma lo conoció mucho antes
Que el mundo que me vio nacer

sábado, 31 de marzo de 2012

Soy mujer...porque...¿?

Cuando algunos ven a nuestra época como apocalíptica o decadente, yo la veo como una era de transición. Y si tienes una visión cíclica del tiempo, eso es lo que un final significa: el comienzo de algo más. La humanidad ha perpetuado, a lo largo de muchos siglos, algunas actitudes hacia la vida que no podemos pretender borrar o cambiar en unas cuantas décadas. Y toda actitud tiene su razón de ser, casi siempre práctica. Incluso los malos hábitos nacen de alguna necesidad buscando ser satisfecha, o de un problema buscando ser resuelto. Por supuesto, no se puede esperar que una solución pruebe ser definitiva a través del tiempo: lo único constante es el cambio.

Últimamente, me viene mucho a la cabeza el tema del rol de las mujeres; algo que a veces, y en algunos contextos, puede llegar a ser tabú. Las opiniones al respecto parecen estar completamente extrapoladas: se está en el blanco o en el negro, y no hay áreas grises (o no se les admite, aunque sí existan en la vida diaria). Y pienso en ello, obviamente, porque soy mujer y porque los papeles que la sociedad me quiere imponer son muy diversos, y la mayoría de las veces, contradictorios. Lo sé, hablo de la sociedad como un ente homogéneo, pero espero se entienda lo que quiero decir: que mi uso de la palabra sociedad comprende una gama de grupos, individuos, medios de comunicación, tendencias, actitudes, suposiciones, mensajes masivos, etc.

Y tengo que decir algo (a riesgo de sonar necia, ingenua, pretenciosa o sabelotodo): No concuerdo con ningún punto de vista y el tema en general me parece irremediablemente inconcluso, complejo y profundamente arraigado al contexto. ¿Qué es ser mujer? La discusión de los géneros es cada vez más difícil de abordar, ya que la biología no prueba ser para nada determinante. Me voy a poner más coloquial y específica: la sociedad contemporánea y occidental (parece que) quiere que seamos santas, vírgenes, prostitutas, empresarias, madres abnegadas, fierezas, femeninas, masculinas, excelentes deportistas, artistas natas, talentosas cocineras, que seamos ejemplos de virtud, pero que ingiramos alcohol y fumemos cigarrillos en enormes proporciones; que seamos sensibles, pero que por favor no lloremos; que nos casemos de blanco y en la Iglesia, pero que seamos liberales y que no nos casemos porque eso es signo de debilidad, sometimiento y docilidad; que amemos a los hombres, pero que a la vez los tratemos con superioridad y que bajo ninguna circunstancia los necesitemos; que seamos femeninas, pero no demasiado; que tengamos cuerpos perfectos y esculturales, pero que no sean resultado de operaciones porque eso repugnante; que seamos inteligentes e intelectuales, pero que por favor seamos sexy al mismo tiempo…En fin, se entiende la idea, ¿no?

No puedo contar las veces que me he encontrado comentarios apasionados en las redes sociales, en programas de televisión, películas, conversaciones con otras mujeres y diversos medios, sobre lo que las mujeres somos y debemos hacer. He conocido mujeres – que se hacen llamar feministas – cuyo objetivo pareciera borrar cualquier rasgo de igualdad entre géneros, ya que su meta en la vida es demostrar lo mejores que son en comparación a los hombres, cómo podrían regir el mundo sin la necesidad de su existencia (a menos que sea para fines reproductivos, y tal pareciera que buscan la manera de prescindir de ellos incluso para ello), y cómo son seres superiores, sin defectos, perfectos en toda la extensión de la palabra. También he conocido mujeres que rechazan a éstas primeras mujeres (y hasta hacen cara de asco, literalmente, al hablar de ellas), porque las consideran desnaturalizadas, incongruentes, masculinas, soberbias y completamente adversas a todo lo considerado femenino. Son mujeres que hablan de la realización de la mujer a través de la experiencia milagrosa y sagrada de ser hija de alguien, hermana de alguien, esposa de alguien, y por supuesto, madre de alguien. Y ésta última experiencia es particularmente delicada para ellas: es la epítome de la femineidad, no existe algo en la tierra que pueda comparársele, es sublime, y ninguna mujer es feliz sin experimentarlo (cabe mencionar que bajo sus ojos, tampoco existe otra madre más perfecta o entregada que ellas mismas).

Lo que es horrible es ver cómo se lanzan insinuaciones, unas a otras, sobre quien es mejor y más…fregona. Y sí, tal vez suena a exageración mía, a una percepción muy polarizada…pero ese es el tipo de cosas que he visto, oído, leído, y experimentado en carne propia. Puedo hablar de mí misma. Cuando no tenía novio, era una perdedora (quizá lesbiana) que no tenía remedio. Cuando tuve novio, me preguntaban que para cuando la boda. Cuando me casé, me inventaron un chamaco (y cuando eso ya no era excusa, entonces era un deseo irremediable por huir de casa). Ahora, es urgente que tenga bebés (porque si no, me pasarán cosas horribles en el parto), pero es urgente que pronto me haga directora de una empresa transnacional o descubra la cura para el cáncer, porque si no entonces sería sólo una mantenida, falta de carácter y mujer irrealizada. Y si me visto de minifalda, soy una p… Y si me visto de pants, soy una fachosa; si me visto de falda larga, seguro mi marido es un celoso; si traigo escote a las señoras se les salen los ojos de la impresión; si ando tapadita, mis amigas me ven como una amansada. ¡No hay cómo darle gusto a nadie!

Y es que…¡No deberíamos querer darle gusto a nadie! Simplemente no creo que tener un hijo me haga más mujer. Ser mujer no significa “atender” a mi marido (palabra favorita de las mamás, suegras y abuelas), pero tampoco soy más mujer si lo hago sentir menos que yo, o compito todos los días por demostrarle que soy mejor. La igualdad implica que somos iguales (cosa que no somos, afortunadamente, si no, ¡qué aburrida sería la vida!), es decir, que nadie es más valioso, más humano, más inteligente, más hermoso o mejor que el otro, simplemente por pertenecer a un determinado género. No soy mujer por ser una experta en la cama, ni por ser una virgen que generaciones pasadas podrían haber ofrecido en sacrificio. ¿Cuál es la necesidad (y necedad) de etiquetar, simplificar, reducir y resumir a las personas? ¿De asignarles género, cultura, clase social, nacionalidad, raza, etc.? Más que mujer soy un individuo y tengo la certeza de que soy valiosa simplemente a causa de ser. Y no puedo criticar a otra mujer, basándome en el modo en que eligió abordar la vida. Lo que sí es cuestionable es lo que no es auténtico: las decisiones que se toman por conveniencia, por miedo, por odio, por orgullo, por indiferencia, por soberbia, y por cualquier otro motivo o sentimiento negativo, y eso se puede decir de cualquier ser humano.

Pero si una mujer siente la vocación de hacer (o ser) algo, entonces debería ser respetado y celebrado. Si una mujer se siente llamada a ejercer una profesión y entregarse a ella; si una mujer tiene el deseo de ser madre y ser el apoyo, base y guía de una familia; si una mujer decide enfocarse en el mundo espiritual o en la religiosidad; si una mujer quiere ser todas e integrar diversos aspectos de la vida, que la enriquezcan en todas las áreas… Esas, y muchas otras situaciones que no alcanzo a mencionar, me parecen igual de válidas, valientes y necesarias para un mundo diverso, divertido, creativo, inspirador y multifacético.

Bueno, sin afán de terminar esto a manera de discurso motivacional barato, sólo diré que el tema sobre los roles de género es muy complejo y debatible. Definitivamente, la preservación de la especie humana dictaba, en un principio, que hombres y mujeres se dividieran las tareas, talentos y conocimientos. Esa base esencial impulsó el desarrollo de lo que hoy consideramos femenino o masculino. Nuestra realidad superpoblada, multicultural, científica, teológica, tecnológica y globalizada, hace que los bordes limítrofes entre las palabras “hombre” y “mujer” se desvanezcan, se difuminen y converjan en algunos puntos. Me parece una tarea inútil remarcar las palabras, ponerles color, e intentar definirlas en un contexto determinante, concluso y absoluto. Es parte de una serie de etiquetas, las cuales me gustaría abordar en otra ocasión, pero que son bastas y prácticamente innumerables.

Porque, siendo sincera, si un hombre se hace la pregunta de qué lo hace ser hombre en la actualidad, se encuentra en los mismos problemas, incertidumbres, paradigmas y prejuicios que una mujer…

lunes, 12 de diciembre de 2011

Las dos torres



Son altos edificios que se tambalean,
En los que mis pesadillas refugio encuentran.
Largos pasillos cargados de espejos,
Cristales amargos que no generan reflejo.
El metal tiritante que lleva hacia el fondo,
Provee esperanza, parece algo roto;
Que baja en jirones de viento en escombros.

Más ellos se erigen cual torres atadas
A una tablero invisible de piezas mundanas.
Gigantes rompen los vientos del este;
Imponentes conceptos que perturban la mente.
La huída es sencilla hasta que se imprime
En los pies la gran huella a cuadros. Decidme,

¿La espada se forja sobre metal oxidado?
¿El guerrero entre sombras es olvidado?
¿Sombras de torres, de monstruosos reinados?
Y así un suspiro del caballero que pierde,
Pues torres son torres que nada sienten;
Que proyectan oscuridad sobre el corazón herido
Sin palabras dejan al rebelde abatido. 

lunes, 5 de diciembre de 2011

Leer...¿será malo para la política?


Hace tiempo que me interesaba abordar el tema del conocimiento, pero creo que, debido a los hechos recientes en el ámbito de la política mexicana, éste es un buen momento para escribir al respecto. A pesar de que no es mi intención centrar mi comentario en la política partidista (lodazal escabroso en el que se ensucian aquellos con intereses particulares y de naturaleza sospechosa), sí quisiera contextualizar mis pensamientos en el peculiar resbalón (por no llamarlo de otra manera) de Enrique Peña Nieto, en el marco de la Feria Internacional del Libro. Si no saben a lo que me refiero, les dejo el siguiente link a You Tube: http://www.youtube.com/watch?v=C3NKGfoTACg&sns=fb.
¿Listo? Muy bien. Lo primero que llama mi atención no es el hecho de que un pre-candidato a la presidencia de México carezca de una educación fundamentada en la literatura, la historia y la cultura en general. No. A estas alturas, hemos podido observar, a través de los ojos de las televisoras nacionales y mundiales, errores garrafales cometidos por personas elegidas “democráticamente” para ser representantes de sus respectivas naciones. México no ha sido el único país en hacer despliegue público de gran ignorancia y actitudes prejuiciosas; todos presenciamos (con horror, en mi caso) los desatines descomunales del ex-presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, George W. Bush. 
Lo que verdaderamente llama mi atención es la despechada justificación que han aportado los valerosos defensores del partido tricolor: no importa que Enrique Peña Nieto haya demostrado ser un iletrado (aunque forme parte de un nivel socio-económico de élite, con acceso prácticamente ilimitado a cualquier forma de educación y cultura), de todas formas, ¿a poco los que critican realmente son tan cultos? ¡Si nadie lee! Este es el legítimo y aristotélico argumento de quienes defienden un suceso tan lamentable. En este momento, hago una pausa, me detengo a ver la pantalla de la computadora, atónita; porque no puedo comprender la magnitud de la ignorancia en dicho “razonamiento”, la cual supera en gran medida al disparate de Peña Nieto. Me parece que es algo así como “Ah, ¿sí? Pues, pues….¡tu mamá también!”
Entonces puedo abordar el asunto que verdaderamente me interesa: vivimos en una especie de seudo-nación, seudo-sociedad y seudo-civilización, carente de cimentación en el progreso y mejora constante de la raza humana, de los elementos intrínsecos que la separan de los animales y se sus impulsos primigenios. Cuando la imprenta fue creada, y con ésta la posibilidad de que miles de textos fueran difundidos, inició una nueva etapa inimaginable en la historia de la humanidad. Fue un gran paso inicial hacia la educación de las masas, y con esto, hacia la futura lucha por la democracia. La cual, por cierto, Platón afirmaba inexistente y falaz si el pueblo que elige a sus gobernantes es ignorante.
Sin embargo, y paulatinamente, el pueblo, la masa y los individuos, se alejan de la cultura y la sabiduría, de manera inconsciente, pero voluntaria. La tecnología nos abre puertas a nuevas formas de transmisión informática y conocimiento, pero definitivamente es más divertido hacer uso exclusivo de ellas para el ocio y el entretenimiento. Aclaro que me refiero al concepto actual que se tiene del ocio, y no a su sentido original en la Antigua Grecia, que hacía referencia al momento de gran introspección y reflexión que lleva a la revelación de grandes conocimientos. Pareciera que, como especie, sabemos crear herramientas, pero muchas veces no las sabemos usar. No me extraña entonces que, volviendo al tema de la imprenta, uno de los libros más extendidos en aquel tiempo fuera el macabro Martillo de las brujas, cuyo contenido alentaba a la intolerancia de género, la violencia y la misoginia.
Me parece una situación lastimosa. Leo con tristeza la indignación ingenua de los priístas; porque dicha indignación está mal encaminada. Su enfado debería alentarlos a exigir un mejor candidato, o la superación personal y profesional del mismo. Debería empujarlos a trabajar en su partido; en desarrollar mejores políticos, no sólo maquillarlos, engomarlos y abrillantarles los dientes para que luzcan perfectos. Mejor sería perfeccionarlos de manera integral, en todas las facetas de su persona, para que realmente fuesen merecedores representantes del pueblo. Puesto de otra manera, los mejores corredores de la carrera, y no los que simplemente consumieron esteroides.
Por supuesto, los demás partidos deberán “echar las barbas a remojar”. Los que se vean reflejados en la metida de pata de Peña Nieto, deberán utilizar su tarde de domingo para darle una repasadita a los libros que, seguramente, han de fungir como decoración en sus ostentosos libreros de madera. Quizás, también podrían asistir a más eventos culturales (música, danza, tradiciones milenarias, pintura, fotografía, etc.), y encontrarían que hay mayores placeres en la vida que acumular bienes, poder y dinero. Porque, de verdad, sí los hay. Son placeres que, a diferencia de los anteriores, sí podemos llevarnos a la tumba. Consisten, no en el conocimiento por el conocimiento, o por la ambición de la erudición, sino en el disfrute de la vida, de las expresiones culturales que nos hacen humanos, que nos enriquecen, y que nos dan la capacidad de relacionarnos con el otro, por muy diferente que éste sea.
Ya sé. Me leo muy utópica. Disculpen mi ilusoria aspiración a las cualidades más harmónicas y bellas de los seres humanos. Es algo que adquirí en las muchas páginas de grandes aventuras, historias mitológicas y fantásticas, relatos bíblicos, poemas, biografías, ensayos y anécdotas de autores que así pensaron en su camino por la vida. Jamás he podido (ni querido) cambiar esa parte de mi personalidad, por mucho que me fastidiaran los tantos peñanietos de la vida, cuando encontraba gran satisfacción en abrir un libro, y leer.

jueves, 6 de octubre de 2011

Hace un siglo, y hoy también.

He tardado mucho en escribir algo para este blog, y no ha sido por falta de ideas, sino por falta de tiempo. (Aunque esto es una mentira, siempre hay tiempo, pero también hay malas maneras de administrarlo).

Originalmente, tenía en mente escribir sobre un tema diferente al que me propongo abordar. Me parece más importante hablar de algo que he presenciado en los últimos días. Pero como siempre, se debe comenzar por el principio.

Tengo una memoria un tanto peculiar. Recuerdo incidentes de prácticamente toda mi vida. Me acuerdo incluso de cosas de cuando era bebe. Una de esas cosas raras, que aún puedo evocar en mi mente, sucedió cuando yo iba en sexto de primaria. Era la primera vez que estudiamos Historia Universal. Por supuesto, las dos grandes guerras mundiales fueron el objeto central del curso.

Cuando leí acerca de la Gestapo, de los abusos infligidos no sólo a judíos, sino también a gente morena o de color, gemelos –quienes se creía eran una anomalía genética –, personas con discapacidades, y ancianos, me costó trabajo creer que la raza humana fuera capaz de tanta atrocidad.  No lo podía creer. Sentía que estaba leyendo algo de ciencia ficción; quizás alguna de las historias de terror que tanto me gustaban. Pero no. Era realidad, y más valía estudiarla para aprobar los exámenes.

A pesar de mi gran desaprobación y repulsión ante el asunto, también sentí un gran alivio. En la escuela, en mi casa, y en el mundo exterior en general, yo percibía cómo era mal vista la discriminación e intolerancia, en cualquiera de sus facetas. Si el mundo había vivido tales aberraciones, ya no volverían jamás. Así me lo aseguré a mí misma.

En la escuela secundaria, preparatoria y universidad fue igual. Leí libros muy inspiradores, como “Roll of Thunder, Hear my Cry”, una novela que habla sobre el racismo en el sur de Estados Unidos durante la primera mitad del siglo pasado. Escuché innumerables veces el famoso discurso de Martin Luther King, “I had a dream”. Recuerdo el horror que me produjo la Santa Inquisición, con sus persecuciones y ejecuciones a mujeres, judíos y básicamente cualquier persona que hiciera algo remotamente sospechoso o a la que se le pudiera inculpar por medio de influencias que le desearan algún mal.

Todo esto forjó en mi una manera de ser; una manera de pensar. A lo largo de mis escasos años de existencia, he conocido personas que son increíblemente diferentes a mi, y que por lo mismo, han aportado valiosos aprendizajes a mi vida. Y me refiero a gente en todos los aspectos: que profesan diferentes creencias, de diversas nacionalidades, de distintas preferencias sexuales, en fin, diferentes hasta en cosas más sencillas, como la forma de comer, las costumbres y roles familiares y sociales.

Sin importar si esas personas me trataron bien, mal, o con indiferencia, de todas aprendí algo. De todas y cada una de ellas. El haberlas conocido me ha hecho una persona más rica, cultural, espiritual y socialmente.

No obstante, existe aún mucha gente que no piensa de esta manera. Su ideal de la vida es rodearse de personas que piensan exclusivamente como ellos, criticar a los que no lo hacen, e intentar convencer a la mayor cantidad posible de personas de adoptar sus ideales. Encuentro artículos, noticias, correos, y opiniones que vociferan argumentos críticos sin fundamento, hacia personas cuya existencia les molesta por una muy simple cuestión: son diferentes a ellos.

Leo la denominación “nacional socialismo americano” y no puedo evitar sentir retortijones en el estómago. Se trata de neo-nazismo al estilo Norteamericano; un movimiento que habla sobre la “supremacía blanca”, y sobre las supuestas conspiraciones de mexicanos y afroamericanos (entre otros), para llegar al poder absoluto de la nación. Un discurso muy parecido al de Hitler, sólo que en su obra “Mein Kampf”, se trataba de judíos.

Lo que me parece absurdo, es la ignorancia con que hablan estas personas, la carencia de cultura y educación, y la falta de un buen argumento para sus ideas. Son libres de decir lo que les plazca…Pero no puedo negar que me irrita leer y escuchar sus disparates inconscientes. Por lo pronto puedo afirmar, que cualquier persona que haya sido afectada por la Segunda Guerra Mundial y por el Nazismo, sea alemana o judía, se la pensaría dos veces en regresar a una manera de pensar tan retrógrada.

Al menos yo puedo afirmar, como mitad alemana, y descendiente de una familia que vivió la guerra, que no es una cosa para tomársela a la ligera. Existe un miedo profundo, palpitante, de que algo así pudiese volver a suceder. Como diría la popular frase de habla inglesa: “Aquellos que no recuerdan el pasado, están condenados a repetirlo”. Y parece ser que, a principios del siglo XXI, existe gente a la que se le olvida.

También me encontré con diversos arranques de ira en contra de las festividades de octubre. Cual cacería de brujas, existen personas que difunden partes de la historia mundial de manera tergiversada, que hablan de celtas y druidas como si de satánicos se tratara, cuando no existen rastros ni pruebas históricas que soporten esto. Se mezclan tradiciones y costumbres con temores infundados. En fin…Torquemada habría sido feliz de aceptarlos en sus filas de inquisidores.

¿Por qué lo diferente nos da tanto miedo? Como si la muerte, la enfermedad y las guerras no fueran suficientes. ¿Por qué enfocarnos siempre en lo malo del otro, en lugar de lo valioso?

Por mi parte, siento tristeza. Son personas que nunca aprenderán el gozo de oír una canción hindú, porque no entienden lo que dice. Nunca podrán aprender de los fuertes y cariñosos lazos que unen a las familias mexicanas o afroamericanas, sólo porque su piel es diferente. Nunca podrán meditar en armonía con la naturaleza, porque su religión no les enseña acerca de ella. Nunca podrán viajar y conocer el mundo, porque en el momento que salgan de sus casas, se sentirán amenazados. Y todas estas cosas, son vivencias afortunadas, que enriquecen el alma, que forjan el carácter y que ayudan a recordar que cada uno de nosotros somos parte de un todo, que no estamos solos.